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4ª Eixida d´Hivern

El día 15 de noviembre, las 8.30 en punto, como el mejor reloj Suizo, se dio la salida oficial de la 4ª Eixida d´hivern del Vespa Club Castelló.

Algunos ya venían con un par de carajillos, comprensible pues hacía frio y viven muy lejos del punto de concentración (13 Km.).

La foto oficial, se hizo por primera vez, al revés de cómo la habíamos hecho hasta ese momento, hasta ahora habían sido siempre con “el hogar del soldado” al fondo y no como en esta, que lo teníamos de frente. Yo por si acaso, giré mi moto y la puse como siempre “de culo al hogar del soldado” (recuerdo mis años de milicia que “dar el culo” al Hogar del soldado significaba salir del Cuartel con pase de pernocta, en busca de la novia…) así que mantuve intacta la tradición. También me llamó la atención ver que éramos veinte….(recuerdo la primera salida del club que tan solo fuimos siete)

Cada vez estamos mejor organizados, se nota que somos un Club con solera. Todos venían con el depósito lleno, bebidos y miccionados

Pronto, como es de rigor, hicimos la primera parada. Fue en Ribesalbes y no para repostar las vespas si no para ALMORZAR. Después de un sonado y enérgico “¡no mover las mesas, coño!” del camarero, nos metimos entre risas y entre pecho y espalda un suculento almuerzo. Eso nos dio las suficientes fuerzas para proseguir el camino. Claro, la cerveza del almuerzo provocó la necesidad de parar, y lo hicimos repetidas veces.

El recorrido fue espléndido, pasamos por carreteras que estoy absolutamente seguro que jamás había circulado por ellas ninguna Vespa y posiblemente vehículo a motor alguno a no ser tractores. Las vistas eran maravillosas. Ayodar, Fuentes de Ayodar (allí hubo de todo, desde bailes de salón a Lambadas y las primeras risas de esas que duele el esternón). Desde esta localidad por una pista recién hormigonada (a la que me he referido anteriormente) llegamos a Torrechiva. Desde allí por una carretera de ensueño, donde las curvas se sucedían, perfectamente peraltadas y enlazadas, invitando a correr, pero que el espíritu vespista nos lo impedía, pudiendo así disfrutar más aún del paisaje que nuestra provincia nos brinda, llegamos a Montanejos a la hora de comer, y como buenos niños, de esos que dicen sus mamás “el mío me come muy bien” hicimos nosotros. Nuevamente nos metimos un menú de esos de boda antigua, con su ternasco y todo, al que únicamente le eché en falta el tradicional postre denominado “pijama” (flan, melocotón, piña y nata).

He de hacer una mención especial a nuestro amigo e ilusionado vespista Jesús, que a pesar de que en las últimas salidas no ha tenido mucha suerte debido a las averías, su ilusión hizo que viniera a comer con el grupo y por supuesto, como siempre, nos regaló con un amplio surtido se sus famosos turrones, de los que dimos rápida y buena cuenta sin dejar rastro de ellos. Gracias Jesús.

Unos entre carajillos de ron y algunos intrépidos paseando por la orilla del río estuvimos haciendo tiempo, hasta que abriera la gasolinera, pues nuestras máquinas estaban tan sedientas como nosotros. Incomprensiblemente en un pueblo donde hay una gran afluencia de turistas y motoristas, la gasolinera no la abren hasta las cinco en punto de la tarde (como si de una corrida de toros se tratase) allí estábamos todos esperando la llegada del encargado (en este caso encargada) , que al ver veinte motos para repostar dijo: “poneos vosotros mismos y decidme cuanto habéis puesto, yo me fío.

Ja,ja,ja….¡pobrecita, que mareo, tanto trabajo…)

Salimos hacia el lugar de pernocta, al que llegamos pasando nuevamente por carreteras extraordinariamente bellas, casi al anochecer. Cenamos de rancho (nuevamente recuerdos castrenses) hubo, gracias a Carlos “Vespaciano” música de acordeón. Se quejaba y no sin razón, que ese instrumento era muy pequeño y que le faltaba mucho teclado. Doy fe de ello pues, de cuando en cuando, Carlos, prácticamente se clavaba el dedo índice en el pecho, buscando alguna que otra tecla de la zona de graves. Al final sonaron unas notas (para olvidar), que nuevamente me trajeron a la memoria recuerdos castrenses. Hubo también una encarnizada discusión entre Pedro y Carlos ya que el primero decía que no podía ser difícil tocar el acordeón ya que tiene muy pocas teclas… (quizá tenga razón, pensé) pero entonces Carlos le pasó el instrumento y…¡había que ver la cara que puso Pedro!. He de decir que lo intentó, pero aún se está preguntando como se hace para abrir y cerrar el maldito instrumento denominado acordeón…ja,ja,ja….

Cuando ya nos disponíamos para ir a dormir, ocurrió algo milagroso, apareció ante nuestros ojos UN PIANO. Carlos se lanzó sobre el con más ímpetu que si hubiera visto una bella doncella. Contó las teclas (incluidas las negras) y descubrió que por fin tenía ante si, un teclado completo. Después de la gozada de escucharlo con admiración, solo he de añadir que es un virtuoso y que nos deleitó haciendo hablar a ese viejo piano como quizá nunca lo había hecho nadie. Gracias Carlos.

El sitio era paradisíaco, pero pronto empecé a temer lo peor. Me temía que de un momento a otro aparecería un autobús escolar, o que en la habitación contigua a la mía podría hospedarse un matrimonio con dos o tres niños de esos repelentes capaces de estar llorando toda la noche. No es práctica habitual en mi rezar, pero esa tarde si lo hice. Debieron oírse mis plegarias pues ni llegó el temido autobús ni hubo matrimonios el la habitación de al lado. Verdad es que no hubo niños, pero si hago caso de los ronquidos que se oían, parecía que al lado había una osera con varios osos en letargo invernal. A la mañana siguiente descubrí que en esa habitación únicamente estaban Andrés, Juanito y Manolito.ito y que no había tal osera ¡menos mal!.

Al llegar a las monturas para el regreso, parecieron los sillines con un dedo de hielo, pero ninguna de nuestras queridas vespitas dio problemas de arrancada.

El “presi” nos invitó a que esta vez intentásemos ir todos juntos hasta la sede del Club, sin que hubiera de tradicional desbandada de “maricón el último”. Así intentamos que sucediera, pero al final algunos se descolgaron del pelotón y tardaron unos minutos más que el resto en llegar a la sede.

Allí “el jefe”, haciendo gala de ello, y con gran marcialidad, nos echó un chorreo importante por lo sucedido, el cual asumimos con disciplina militar (hay que situarse, estábamos de nuevo frente a “el hogar del soldado” y me traía recuerdos castrenses).

Enhorabuena a todos. El ambiente de les eixides es estupendo. Cada día estoy mas orgulloso del Club al que pertenezco.

Salut i vespa

texto: V. Román

fotos: M. Martin/ L. Mulet

   



  1. Ya que estás metido en harina, por qué no dejar un comentario?



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